La receta de los sueños

La receta de los sueños

“Uno se esfuerza cada día por ser mejor persona”, dice Rodrigo

Picando cebolla, muy finita para la receta que representa su examen final, Rodrigo derrama unas cuántas lágrimas. Difícil saber si es por culpa de la cebolla o es la mezcla de emociones, pues hay tantos recuerdos duros y tantos días de lucha detrás de este momento.

Rodrigo empezó a trabajar muy joven en un call center o centro de llamadas. Esta industria ha crecido mucho en países de Centro América, donde hay tantos chicos bilingües. Se trata de un trabajo cansado, una especie de maquila de llamadas, donde los jóvenes han encontrado un nicho de trabajo.

El empleo se agradece, pero una vez que entras al call center, es posible que tus sueños se apaguen. Empiezas a ganar dinero, apenas suficiente para cubrir tus gastos y apoyar a tu familia y pronto se vuelve imposible seguir estudiando y volver al camino que te lleva a los sueños de un futuro mejor.

Para Rodrigo, el sueño era demasiado grande para poderlo olvidar. Siempre soñó con aprender a cocinar profesionalmente y tener un negocio de comida. Pero estudiar en una academia culinaria estaba fuera de sus posibilidades económicas. Sin embargo, a veces los sueños nos buscan y nos encuentran.

Rodrigo muestra su diploma de grado. Foto por personal de CRS.
  

Un día llegó a manos de Rodrigo información sobre un curso de formación técnica en cocina internacional, pero para participar había que salir seleccionado. Rodrigo se presentó, seguro pero nervioso, esta oportunidad no podía perdérsela. El curso pertenecía al Programa Jóvenes Constructores de CRS y aunque no tenía un costo, para Rodrigo, los pasajes, las comidas fuera para poder salir a estudiar, si lo tenían. Cuando lo aceptaron en el curso, Rodrigo no cabía en sí de la emoción. Pero hubo grandes sacrificios; sus ahorros del trabajo en el call center, cubrieron el nuevo plan de vida para poder estudiar. La jornada empezaba a las 5 de la mañana para tomar el autobús, un trayecto largo desde Jayaque, su pueblo, y continuaba con un día largo y cansado, pero lleno de aprendizajes nuevos y retos emocionantes. Esta se transformó en su rutina. Los amigos, fueron desapareciendo, no había tiempo para pasear, sin embargo, ellos reconocían en Rodrigo una nueva personalidad, más responsable y feliz.

Luego del curso básico, Rodrigo continúo aplicando lo aprendido en una academia culinaria internacional, donde jamás hubiera logrado entrar sin el aprendizaje inicial. El programa Jóvenes Constructores de CRS, es posible gracias a las donaciones de la comunidad católica alrededor del mundo, pero en gran parte, a los propios hispanos viviendo en Estados Unidos, que reconocen el poder de una oportunidad. La generosidad que nace de la comunidad hispana, solidaria con la gente de sus países de origen, es el detonante de muchas vidas, sobre todo de jóvenes como Rodrigo. Sin esas oportunidades, muchos migran, caen en depresión, delincuencia o terminan dejando sus sueños guardados por falta de ayuda.

Rodrigo y sus compañeros del curso. Foto por personal de CRS.
  

Rodrigo, pronto será un empresario pequeño, pero con corazón. En su negocio de comida, siempre recordará devolver la ayuda recibida. Esa es la belleza de transformar una vida: el efecto multiplicador que se traduce a más empleos y nuevas oportunidades. Un pequeño empujón, llega muy lejos.

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