Atrapado en la esclavitud

Por Robyn Fieser

Cuando un conocido se presentó en su casa con un poco de dinero y una oferta de trabajo, Antonio José dos Santos Filho pensó que al fin le había llegado una buena oportunidad.

Bajo vigilancia armada, Antonio José dos Santos Filho trabajaba casi 11 horas al día limpiado malezas hasta que fue rescatado por los inspectores de Brasil. Foto por Robyn Fieser/CRS

Bajo vigilancia armada, Antonio José dos Santos Filho trabajaba casi 11 horas al día limpiado malezas hasta que fue rescatado por los inspectores de Brasil. Foto por Robyn Fieser/CRS

Desempleado y con apenas suficiente para vivir, Antonio aceptó el ofrecimiento de ocupar tierras para pastoreo de ganado en la Amazonia y tomó el autobús de 2 días al estado de Pará en el noreste de Brasil.

Después de unos días durmiendo bajo una lona, bebiendo la misma agua que bebía el ganado, y 11 horas de trabajo diarias, con pocos descansos bajo vigilancia armada, Antonio se dio cuenta que estaba en problemas. Y cuando llegó el día de pago y sus jefes le dijeron que su sueldo había sido reducido porque había hecho “compras” en la tienda de la compañía, se dio cuenta que estaba esclavizado.

“El guardia nos amenazaba diciendo: ‘no los hemos traído aquí para jugar o descansar, sino para trabajar'”, dice Antonio. “Yo tenía miedo”.

Brasil fue el último país de las Américas en abolir la esclavitud, en 1888. Pero cada año, unos 10,000 brasileños caen presa de su insidiosa manifestación moderna. Ya no es la compra y venta de seres humanos como lo fue durante siglos. En cambio, se le paga a un reclutador para atraer a los trabajadores desde el noreste empobrecido a trabajar en los ranchos en la gran frontera agrícola de la Amazonia o en las plantaciones de caña de azúcar en el centro y sur de Brasil. Lejos de sus familias y fuera del alcance de los inspectores oficiales, los trabajadores se encuentran atrapados. Trabajan para pagar una interminable “deuda” por su comida, viajes y alojamiento.

Lazos de la esclavitud con los productos que compramos

“Hay tres cosas que sostienen el trabajo esclavo en Brasil”, dice Rogenir Almeida Santos Costa, director de programas de Catholic Relief Services en Brasil. “En primer lugar, una concentración dramática de la riqueza [entre los relativamente pocos] significa también que muchos brasileños son pobres, sin tierra y vulnerables. Si bien muchos empleadores protegen los derechos de los trabajadores, otros explotan a los trabajadores pobres para maximizar sus propios beneficios. Y pocos de los que son atrapados usando el trabajo de esclavos son castigados”.

La esclavitud en Brasil tiene fuertes vínculos con los Estados Unidos a través de dos industrias brasileñas: el carbón vegetal, un ingrediente básico en la fabricación de arrabio, que es convertido en acero; y la agricultura. Obreros limpian la tierra para el pasto y los cultivos, incluyendo caña de azúcar, que produce el etanol que ha llevado a Brasil a un alto nivel de autoabastecimiento de combustible.

Los ex esclavos Manuel Alves da Costa y Bento Pereira da Silva, de pie fuera del Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos de Açailândia, Brasil que CRS apoya. Foto por Robyn Fieser/CRS

Los ex esclavos Manuel Alves da Costa y Bento Pereira da Silva, de pie fuera del Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos de Açailândia, Brasil que CRS apoya. Foto por Robyn Fieser/CRS

El acero es necesario en numerosos productos, como automóviles, refrigeradores y acondicionadores de aire. Y, como el primer productor mundial de azúcar, Brasil exporta 30 millones de toneladas cada año. El país es también uno de los principales productores mundiales de etanol a base de azúcar para biocombustibles.

El gobierno de Brasil ha dado pasos para enfrentar el problema. Formó un servicio de inspección para investigar los abusos denunciados, patrocina unidades móviles para rescatar a los trabajadores y publica una “lista sucia” de empresas que utilizan mano de obra esclava.

‘Un acto de justicia’

Porque están ubicados en áreas alejadas en el Amazonas y en haciendas privadas, los trabajadores tienen poco acceso a las agencias gubernamentales u organizaciones que los puedan ayudar para abogar por mejores condiciones de trabajo. La Iglesia y los socios de la sociedad civil que apoya CRS son por lo general las únicas fuentes de ayuda para los trabajadores.

“Nuestros trabajadores han establecido confianza durante el transcurso de los años en las comunidades donde trabajan y se han convertido en centros en la región para los derechos humanos, y les dan a los trabajadores acceso a la justicia”, afirma Rogenir.

Hace unas tardes, Bento Pereira da Silva y Manuel Alvesda Costa llegaron al Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos de Açailândia. Un pueblo de aproximadamente 100,000 personas en el estado norte de Maranhão, Açailândia es famosa por ser tierra donde se recluta trabajo esclavo.

Los dos hombres estaban entre un grupo de 15 personas, incluidos tres menores y una mujer, que fueron rescatados hace más de dos años por un equipo de inspección del gobierno. El equipo había trabajado por periodos de hasta 18 días recogiendo y quitando los granos de maíz en una granja.

Después de docenas de procedimientos legales iniciados por los abogados del centro y lo que parecía una interminable corrupción, Bento y Manuel cada uno recibió alrededor de $2,400 –el primero de cuatro pagos de esa cifra– que ganaron en los tribunales por el dolor y sufrimiento.

Casi sin poder contener la sonrisa mientras contaba los billetes y los ponía en una bolsa plástica sellable, Bento dijo: “Al menos, después de todo lo que pasó, obtengo esto –un acto de justicia”.

Rescates y pequeñas victorias

Para Brigida Rocha, una trabajadora social que recibe a cientos de trabajadores harapientos y hambrientos que logran llegar al centro, a veces con signos de tortura, los dos años que llevó resolver el caso de Bento y Manuel es en sí mismo una pequeña victoria.

Brigida Rocha, una trabajadora social en el Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos de Açailândia en Brasil, financiado por CRS, mira mientras Manuel Alves da Costa firma unos papeles para recibir el pago de su ex empleador, quien fue declarado culpable de practicar trabajo esclavo. Foto por Robyn Fieser/CRS

Brigida Rocha, una trabajadora social en el Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos de Açailândia en Brasil, financiado por CRS, mira mientras Manuel Alves da Costa firma unos papeles para recibir el pago de su ex empleador, quien fue declarado culpable de practicar trabajo esclavo. Foto por Robyn Fieser/CRS

“Estos procesos pueden llevar hasta 10 años porque el dueño de las tierras puede retrasar el proceso”, dice. “En este caso, el dueño llegó a un acuerdo. Demuestra lo importante que es para nosotros estar al lado de los trabajadores durante todo el proceso para demostrarles que vale la pena luchar por sus derechos”.

Organizaciones tales como el Centro para la Defensa de la Vida y los Derechos Humanos de Açailândia no solo abogan por los derechos laborales y representantes legales para los ex trabajadores, sino que también actúan como mecanismo de control de los inspectores gubernamentales, avisándoles supuestos casos de abuso.

Cuando reciben quejas de los trabajadores, las organizaciones transmiten esa información a los inspectores, que, conforme a la legislación de Brasil, están autorizados a hacer una redada en las plantaciones o haciendas. El año pasado, el centro en Açailândia fue responsable de 10 inspecciones y rescates.

Trabajar para mí

Sin embargo, los trabajadores rescatados, enfrentan las mismas condiciones de indigencia de vida y de trabajo que los llevó a buscar oportunidades de empleo riesgosas en primer lugar. Para remediar esto, los socios de CRS ayudan a los trabajadores a solicitar al gobierno una indemnización conforme a la legislación laboral y los ayudan a crear empleos por medio de cooperativas.

En Açailândia, por ejemplo, ex trabajadores esclavos y sus familias están aprendiendo a fabricar muebles de madera y objetos decorativos para la venta. Otro grupo produce ladrillos de carbón para barbacoas utilizando los desperdicios de fabricantes locales de arrabio. Los proyectos enseñan habilidades valiosas y proporcionan algunos ingresos, pero funcionan en pequeña escala y actualmente llegan a mercados limitados.

Más al sur en el estado de Piauí, Antonio está comenzando de nuevo. Después de una batalla legal de 5 años, él y otras 41 familias compuestas por ex trabajadores esclavos e inmigrantes ganaron tierras del gobierno brasileño. A los 45 años de edad, está construyendo su primera casa y tiene un terreno de tamaño decente en la cual cultivar mandioca y arroz. Prometió nunca más migrar en busca de trabajo.

“¿Y por qué lo haría?”, pregunta. “Esto es lo que necesitaba para comenzar”.

Robyn Fieser es asociada regional de comunicaciones para CRS que cubre América Latina y el Caribe. Está radicada en República Dominicana.

 

 

 

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